
Te ví, luciérnaga, volando y sobrevolando la cabecera de mi cama.
Iluminando los retazos de la noche en una danza distante.
Lejos, lejos de atraparte, me quedó la suerte de rodear tu luz con mis ojos. Y fui tarde a todos lados, y nunca llegué cerca tuyo. Te levantaste cicatrizando y yo te miro, muñequita de rayo, yo te miro de a ratos bordear la locura con lámpara de cuerpecito natura.
Te ví luciérnaga, perdiéndote entre las sombras, rematando la negrura con tu vela desentendida. Yo te miro, acostumbrada a esos instantes de vuelo que aterrizan los amaneceres de a pedazos.
Agria encrucijada de tu aleteo permanente, impermeable. Jugás entre mis dedos apostando al cierre impredescible de mi puño asesino. Y yo te dejo acariciarme, desnudar tu cuerpo de insecto sobre mis hombros, yo te dejo iluminar. Libre y lejana, muñequita de rayo.
Te ví luciérnaga, velando mis noches de sueño amargo. Te ví.
Te escuché acercándote, viajando entre el polvo y las margaritas de cartón. Te percibí en el temblor inaudible de las paredes desconcertadas. Vino entrecortado tu aroma a chispa disimulada.
Te dormiste sobre las calles ruidosas alumbrándolo todo, reflejándolo todo en tu vestido de ocaso, o a caso en tu vestido de satén.
Shine, como la musiquita saltarina sobre las veredas, shine. Goteando tus rayos de soleada circunferencia inalcanzable, clavándote en el cabello y los hombros de niños, médicos, putas y marineros.
Te escuché acercándote, con tus pasos de sol tímido. Te escuché primavera; venías con los parques entre brazos a dejarlos jugar un rato, divertirse y divertir a los chiquitos que salen desabrigados. Porque ellos también te escucharon venir.
Y yo te pido, primavera, que me des sonrisa y alas y tardes de pájaro. No te olvides que te escuché, desde tu interior de estación brillante, desde mi interior de otoño amanecido.